I
El esforzarme día y noche en
este trabajo de mierda por fin había rendido frutos. Había logrado que me
ascendieran a director jurídico de una de las más grandes instituciones
jurídicas, el Senado de las Repúblicas Unidas. Tanto besar traseros ahora me
dejaría un sueldo el cual yo consideraba por fin digno. Claro está, que esto no implicaba que dejaría
de besar traseros.
La facultad no te enseña que
para llegar lejos en esto del trabajo, uno tenía que codearse con las ratas.
Aquellas grandes, gordas y hambrientas de poder. Las únicas que ya poseían el
poder pero no se saciaban. Al principio eres menos que el gato. El recién
egresado. El nuevo. El que trae el café. El que trae el periódico. El que hace
todas las diligencias, por más absurdas que sean, por más ajenas al trabajo. Tú
no opinas. Te callas. No eres menos que un gato. Tú solo obedeces, y si
obedeces bien, un día tendrás tu recompensa. A veces me preguntaba donde había
quedado mi dignidad. Pero, de cualquier manera, el dinero lo es todo y solo se
alcanza eso que se llama felicidad de una única manera: comprándola.
Era mi primer día en el
Senado, y ya había llegado una de las más grandes órdenes del día. Se le
encargo a mi área el buscar la manera correcta de implementar una nueva ley. Mi
área es la encargada de la revisión de toda la legislación interglobal, buscar
la armonía de todas las leyes de todos los Estados que conforman la República
Unida.
En mi escritorio se
encontraba la enorme ley. Un conjunto robusto de hojas en las que se desahogaba
la implementación de una nueva tecnología, una simbiosis entre el humano y la máquina.
Se les conocía popularmente como ISI (Implantes Simbióticos Inteligentes),
promovidos por una de las empresas más grandes de la República, la HarminTech. Ya
llevaban años en discusión los senadores por cómo se implementaría esta nueva
tecnología a escala global.
ISI era muy popular en la
sociedad. No importaba la clase social que seas, un ISI te hacia formar de una
élite moderna de personas interconectadas a lo que le decían La Red de Sabiduría.
Estando conectado a la Red uno podía volverse el hombre más inteligente del
mundo. Pues el conocimiento humano y de todas sus ciencias había sido
concentrado en dicha Red.
Puse a todo mi equipo a
trabajar. La presión del Senado estaba sobre nosotros. Este trabajo de
armonización nos llevaría aproximadamente entre seis meses y un año, pero el Senado
presiono tanto que únicamente se hizo en tres meses. La codificación era
implacable. Hojas y hojas de texto codificado llenaban el piso de toda la
oficina. El café era el aroma de todos los días y de todo el día. Era el
combustible que consumía la máquina. Máquina de carne que era mi oficina.
Maquilaba y maquilaba. Día y noche. Durante tres meses. Odie el café después de
eso. Odie el teclear y el armonizar la codificación. Odie mi trabajo. Odie la
gente yendo de aquí allá en la oficina. El estrés. Los gritos, discusiones y
peleas entre los mismos compañeros. Odie mi vida el tiempo que duro aquel martirio.
Pero lo habíamos conseguido. La ley que regularía ISI estaba lista y
armonizada.
Al día siguiente, el trabajo
de mi equipo fue presentado ante todo el senado. Se ratificó al instante, pese
a que aún existía una pequeña oposición de algunos Estados. La Ley de Regulación
de ISI, ahora estaba completada y entraría en Vigor al verter las directrices
en la Red.
HarminTech iba en auge, tenía
concesión sobre casi todos los servicios importantes den la República. Una de
esas concesiones, y tal vez la más importante que confirió la nueva ley, fue el
estado gratuito de los ISI. Esto significaba que HarminTech distribuiría e
instalaría de forma gratuita los ISI para toda la población, pues el senado al
aprobar la nueva Ley de Regulación del ISI hacia que cada persona de manera
obligatoria debía portar un implante para poder siempre estar conectados a la
Red.
La era del cambio llegaría
por fin, me sentía importante. Mi trabajo había influido en todos estos cambios
a nivel interglobal. Me sentía como un dios, pues incluso los senadores más
destacados me felicitaron por mi trabajo monumental. Ya no besaba culos, ya no más.
II
Mi vida se transformó en
vicio. Mi nariz era taladrada con cada línea. Y mi cerebro era bombardeado con el
efecto frenético de las drogas. Cosa de todas horas y de todos los días.
Acompañaba cada línea con un café y un cigarro. Era un ritual. Un ritual el
cual repetía unas seis o siete veces en el trabajo. Fuera no había límite, solo
abuso. Jamás agotaba mi reserva de cigarrillos y drogas. El dinero no me
faltaba, incluso, podría decir que me sobraba. Saliendo siempre del trabajo,
paseaba por el centro, quedando con prostitutas de la alta sociedad. Metiéndome
a tiendas a comprarles lo que me pidiesen, no me importaba. Yo era el amo. Era
el rey.
Relojes. Lentes. Ropa. Zapatos. Marcas caras. Alcohol. Drogas. Fiestas. Carros.
Mujeres de todos los precios. Me había convertido en lo que tanto odiaba: una
maldita rata gorda y hambrienta. Una rata rey.
Llevaba una vida de lujos
apenas tres meses de haber llegado a ser Director Jurídico del Senado. Casi no leía
las noticias de los sucesos que ocurrían en el mundo. Estaba aislado de todos. Sabía
que tenía que disfrutar antes de que llegase mi turno de que se me colocase un
ISI.
La implementación del ISI se
había dividido en tres etapas concatenadas que iban desde la clase social más
baja hasta la más alta. Esto implicaba que la República utilizaría al Gran
Ejercito de las Naciones Unidas para dominar por medio de la fuerza a toda la
clase baja de todos los Estados, como primera etapa. La segunda era la Clase
media. Esta era la más difícil, pues era la más numerosa y era relativamente,
por así decirlo, unida. En la clase media existía una tensión delicada, pues
esta también se dividía así misma y se jerarquizaba. Creando un delicado
equilibrio entre todas las personas que conformaban la clase media. La República
no podía usar la fuerza para doblegarla, así que solo la convenció vendiendo
primero ideas. El último paso para completar la regulación de ISI era la clase
alta, la gente más poderosa. Todas las personas bajo la sombra de la República
deberán usar ISI y estar conectados a la Red.
Esto era una tarea
monumental para el Estado, pero todos éramos conscientes de las consecuencias
de lo que traería el despliegue de ISI.
Pocos habíamos entendido
cuales serían las consecuencias de haber ayudado al despliegue de ISI. Ya era
palpable. La gente. Ciega. Sorda. Tan ocupada. Tan efímera. Su mundo giraba
alrededor de ISI. Vivían bombardeados por la información que recorría todo ISI.
Comían. Bebían. Respiraban. Y solo pensaban en ISI. Enajenando su
individualidad. Uniéndose a un todo. Porque lo único que quieren todos, es
formar parte de algo más grande que uno mismo.
No todos se tragaban la
leche amarga que el senado e ISI les otorgaba. Existía la oposición. Los
despiertos. Los que dudan. Los que piensan. Pero nosotros sabíamos que existiría
oposición. Sabíamos que nos dirigíamos a un conflicto.
Mientras mi pequeño impero
estuviese intacto. Esta rata grande, gorda y empoderada seguiría gobernando.
III
La guerra civil había
llegado a las puertas del Senado a tan solo un año del despliegue masivo de
ISI. La República se encontraba en gran peligro. Otra gran orden llego a mi
despacho. Tenía entre mis manos la concesión de la República para que
HarminTech utilizara un ejército privado para acallar la pequeña guerra civil
surgida por la oposición a ISI.
El día anterior, uno de los
senadores me mando hablar a su despacho, me convenció de que lo correcto es
otorgar esa concesión. Sinceramente, no resistí a su idea, de nuevo me rebaje a
besar un culo por mantenerme ahí en mi puesto.
Procedí a armonizar la ley
rápidamente con la legislación aplicable. Trabajamos todo el día como locos en
la oficina. Para antes de entrar la noche. Ya teníamos la aprobación, solo
faltaba ser ratificada por el senado para ser ley.
No pasaron ni veinticuatro
horas desde la ratificación de la concesión de una fuerza privada a HarminTech,
hasta que se silenció la guerra. La etapa uno y dos estaban cumplidas ya.
IV
Me logre dar cuenta tarde de
todo. Demonios ¿cómo pude ser tan estúpido? Fui tan egoísta como para entender
que yo había desempeñado un papel crucial en esta obra. Todo bajo el imperio de
mi puño y letra.
La oposición había sido
aplacada. Pero no fue más que por el uso de la fuerza bruta por parte del
Senado y por la mano misma del ejército privado de HarminTech, quienes
silenciaron a todo aquel que se opusiera a ISI. Pero ese silencio no era la
desaparición. No era la muerte. Ni mucho menos la tortura. Era la inducción
obligada a un mundo lleno de felicidad. En el que todo estaba bien. A la unión de
un todo. La pérdida completa de la individualidad.
Ahora eran más. Muchos más.
Casi todos. Obligados y por gusto propio. Bajo la presión social o la coerción
misma del Estado y sus leyes. Todos eran lo mismo. Conocían de lo mismo.
Hablaban de lo mismo. Pensaban de la misma forma. Controlados. Manipulados.
Sordos y ciegos. Pero ahora eran más. Muchos más. Y parecía que no se iba a
detener la simbiosis jamás, o al menos hasta tener a cada pensamiento libre
atrapado por el sistema.
Habían creado el sistema
perfecto. Ellos controlaban al hombre a través de las ideas. Pero lo difícil de
comprender no era la manipulación de la información. Era el hecho, que la misma
gente, por gusto propio. Por pertenecer a algo mayor a ellos. Porque el todo
los reconozca como algo. Se unen y desaparecen. Para siempre. Diluidos en ISI.
Ellos son los que enajenaron su individualidad. Nadie los obligo, pensé. Pero…
tal vez fuimos nosotros.
Nosotros le dimos el poder y
la oportunidad. Cegados por la necesidad. La necesidad imperiosa que ellos
mismos nos habían impuesto. Les vendimos la vida. El alma. Incluso, nuestra
muerte. Vendimos las ideas. La dignidad.
Rata de rey de ningún lugar. Vacío me he de encontrar.
Lo veía cada día, en el
televisor, en la PDA, en las Redes Sociales. Estaba en todos los lugares
presente. Una idea, una idea que todos tomaron como absoluta: tenían que ser
especiales. Esa idea modifico por completo el cómo giraba nuestro mundo. La
gente se quería destacar en lo que sea, de entre todas las artes, disciplinas,
ciencias, o ideas, o cosas; lo que sea por ser especial.
La necesidad de la gente por
creerse especial le dio más poder a HarminTech. Este les proveía todo en cuanto
a esas necesidades. Siempre en forma de compra venta. La humanidad y sus
ciencias. Sus filosofías. Su completo pensar paso a formar parte de una
maquinaria inmensa. El circo humano había nacido. Absolutamente todo se
industrializo. A tal punto de alcanzar el pensamiento y hundirlo en la efímera
nada. Así fue como HarminTech se consolido como el absoluto dentro de la
economía de la República.
El senado estaba los pies de
esta gran industria que absorbió todo en el mundo.
Al darme cuenta que mi inducción al nuevo mundo era inminente, decidí huir. Huí
lejos. Por días y meses. Años. Pero huir del mundo unificado. Huir de la
República quien tenía los medios para darte caza hasta que tu cabeza, hasta que
tú ser se uniera forzadamente al todo. Era una tarea imposible. A pesar de todo
continúe huyendo.
Ya no había esperanza.
Escucho las sirenas afuera. Los helicópteros y sus luces lamiendo los senderos
alrededor de la cabaña.
-Maldita sea, si lo hubiese
previsto- me decía a mí mismo, sentado en un viejo catre de metal oxidado
sosteniendo el arma con mi mano izquierda y con la derecha fumando un
cigarrillo.
Mi corazón late con fuerza.
Esperaba. Faltaba poco. Solo un poco más. Pronto atravesarían con intempestiva
fuerza. Todo terminara.
El sudor recorre mi frente y
mi mejilla. La fugaz y letal idea transito mi cabeza. Cortando filosamente
todos mis pensamientos. Cobarde, masculle. Una rata gorda gigante y cobarde.
Coloque el cigarrillo en mi
boca, tome el arma, revise su recamara, estaba cargada con un proyectil;
temblaba de la ansiedad y el miedo, saque el cartucho y para mi sorpresa se
encontraba vacío.
No hay más. Nunca lo hubo.
Nunca lo habrá. Apunte a la puerta. ..
Solo quedaba un camino…
La automatización o la
libertad…