La
iguana que no fue salvada por Dios.
La
iguana voló por el aire, pero no alcanzó la siguiente rama. Se precipitó en una
caída no muy alta. Pero su fatídico destino la llevó a una cubeta de agua de la
que mis perros bebían. Pataleó y pataleó hasta alcanzar el borde. Pero un muy
alto muro le impedía salir. Se resistía a morir. Por lo que intentaba una vez
tras otra el trepar por las paredes de la cubeta.
Estaba
sentado observando lo sucedido. Todo
había ocurrido muy rápido, la iguana quería alcanzar una de las ramas, entre
maceta y maceta del jardín de mi casa. Justamente en medio, como una trampa
mortal que nació de forma accidental, pues mi intención no fue crear una trampa
mortal de iguanas caseras; estaba la cubeta, tan campante, tan oculta. Pero
mortífera.
Observé cómo se dejó de mover después de unos severos minutos. Encendí un cigarro, por
mi mente pasó la idea: “en memoria de una pobre iguana”. Mientras el cáncer se
deslizaba por mis vías respiratorias, me sentí culpable. Culpable, no por
colocar a la iguana en una situación así, pues fue la misma naturaleza quien le
jugó chueco. No, me sentía culpable por no rescatarla, pues yo con mi libre
albedrio, y mi capacidad evolucionada de raciocinio, me otorgaban las
capacidades suficientes para, como un dios todo poderoso y omnipotente,
rescatar del trágico destino a la pobre iguana que nada debe y nada teme.
La
lumbre que emitía mi cáncer se encendió una última vez antes de tocar el frio
vidrio del cenicero. En ese momento me puse de pie y caminé hasta la cubeta. La
iguana me miró fijamente y de nuevo emprendió el pataleo incesante. Nadó por
todos los alrededores, sin yo conseguir el poder atraparla con las manos. ¿Acaso
el mundo es tan absurdo que los mismos animales no se dan cuenta que uno los
quiere ayudar? Me detuve a pensar un momento.
¿Quién soy yo para decidir en este mundo quién vive y quién muere? ¿Por
qué debo salvar al pequeño reptil? Y de no hacerlo ¿Eso me convertiría en una
mala persona? Medité.
Mucha
ética y mucha moral, al final vacié la cubeta en el suelo y la iguana se
deslizó junto con el agua. Ni se detuvo a mirar la cara de su rescatador,
simplemente se incorporó rápidamente y huyó entre las demás macetas y plantas
del jardín. Una mancha blanca se escabulló rápidamente entre mis piernas con dirección
a las macetas. Era mi gata, Clarisa, se había escapado de mi habitación por un
agujero en la ventana. Vaya suerte la de
mi pequeño amigo al cual le acababa de salvar la vida, pues terminó en las
fauces de mi felina compañera. ¿Y qué podía hacer? Ni castigarla y aprenderle,
es el ciclo de la vida, todo ocurrió porque así se dio.
Tomé la cubeta y la cambié de lugar. Menos mal ya no habrá más víctimas, al menos ya
no por mi causa, accidental o pretensiosa, morirán más iguanas.

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